
Desesperado mi cuerpo pide contacto,
desesperado mi cuerpo se ahoga.
El deseo de mi carne queda atrapado en la soledad,
tu maldita soledad que todo lo enfría que todo lo perturba.
Padre, por qué dejas que tus heridas revivan en mi piel?
Por qué tu paranoia ata mis sueños
y no los deja volar tranquilos
como gritos escupidos al viento desde la montaña
de tus pechos cálidos y traicioneros con olor a tierra.
El eros se vuelve ostia inútil y vino fermentado.
La sociedad me vende el deseo al precio del consumo
de mi estabilidad.
Me ofrece un vouyerismo y un enclaustramiento del ser
y una frialdad de contacto
consiguiendo desgarrar mis deseos y matar mi mirada.
Tú maldita electrónica eres la fe que encanta
mi razón brillando tenuemente en la locura de mi soledad
sombría.
Eres tan macabra que te muestras desnuda
y sabes que jamás nadie te podrá tocar,
ahí esta tu poder
se encuentra en la morbosidad de nosotros
en el delirio de los bites viajeros.
Si tan solo te pudiera sentir,
si supiera cómo recorrerías mis venas,
si palpitara a tu ritmo,
si respirara tu magia.
No quiero verte más,
vasta de códigos entre nosotros,
esfuma las ilusiones,
deja de mentir.
No soporto esa cercanía tan distante
que derrite mis pupilas
y congela mi mente
a tu compás.